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Continuando con el estudio de los Orishas, es casi obligatorio seguir con el segundo en el orden de la trilogía de los guerreros, Oggún al que se le equipara con San Pedro, San Pablo, Santiago Apóstol, San Miguel, San Juan Bautista y San Rafael Arcángel.

Este Orisha representa la fortaleza y el trabajo, es el dueño del monte, de los metales y de la guerra. Se le considera como una de las personificaciones más antiguas de los yorubas, su nombre es Oyó Oggún, a pesar que al igual que otros orishas se manifiesta en otros caminos. Sus colores son el morado, el verde y el negro y se viste con chaleco y pantalones, lleva además un cinturón adornado con largas fibras de palma llamado "mariwó" y un bolso de piel de tigre adornado con caracoles. 


A Oggún se le ofrenda manteca de cacao, jutía, pescados ahumados, tabaco, aguardiente, manteca de corojo, carne de res o de chivo, maíz tostado, alpiste, harina de maíz, ñame, judías blancas y nueces de kola.

 

Oggún cuenta con dos bailes característicos, la danza del guerrero, en la cual rompe el aire con su machete tirándolo hacia abajo, mientras avanza con un pie y arrastra el otro y la danza del trabajador en la cual hace mímica como si estuviera cosechando con el machete, o también como si estuviera martillando como un herrero.

 

Un pataki narra que Oggún, hijo de Obatalá y Yemú, hermano de Changó, Ochosi y Elegguá, fue el encargado de cortar los troncos y las malezas con su infatigable machete para abrirles el paso a los orishas cuando éstos bajaron a la tierra, pero Oggún estaba enamorado de su madre e intentó varias veces violarla, lo cual no lo logró debido a la vigilancia de Elegguá. En cierta ocasión estuvo a punto de conseguir su propósito, pero Obatalá lo sorprendió y fué entonces cuando el propio Oggún se maldijo: “Yo mismo me voy a maldecir, por eso mientras que el mundo sea mundo,  lo único que voy a hacer es trabajar para la Ocha”.

 

Otra historia nos cuenta que Oggún se al monte para esconderse de los hombres y ningún Orisha que no fuera Ochosi su hermano el cazador podía verlo. Trabajaba sin parar produciendo hierro y al estar amargado, comenzó a regar polvos (ofoché) por todas parte, por ello la tragedia comenzó a dominar el mundo hasta que Ochún se metió en el monte, lo atrajo con su canto y le hizo probar la miel de la vida.  Ya sin amargura, Oggún siguió trabajando, no volvió a regar polvos y el mundo se tranquilizó.

 

 

Por ahora les dejo mis saludos y les deseo todo lo mejor,

 


Rudy Carralero.  

 

 

 

 

 

 

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